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El rodeo, faena trascendente - Nota III

Página sin nombre

Buenas y con licencia...aparceros:
En la pasada fogoniada, terminé convidándolo pa’quiablemoj nuevamente del rodeo, tarea valiosa en el manejo de haciendas y como lo prometido es deuda... eso haré. Pero pa’que no vaya a’crér q’iando atajándome, y piense q’me’echau a la retranca en atenderlo, sabiendo “q’ eh’ salido bailando en patas” y me’se pasó la falta e’yerba y la caldera vacida... aura l’aenyenau’asta la tapa di’ agua pa’verdiar tupido. Mia’puro deseguida a emprolijar la cosa... dijo Cerilo Barbosa... tá? ..güén ay’ vá!...
Recapitulemos entonces: una cosa era “dar rodeo” a solicitud de un vecino, y otra muy diferente “parar rodeo” o sea, juntar la hacienda vacuna propia, para vender, para entorar o por cualquier otro motivo. Por ejemplo, apartar el terneraje para marcarlo, aunque ésta tarea, por tratarse de animales nuevos y chicos, se hacía “a lazo”, pues quedaban con las vacas criándose hasta el destete, momento de “sacárselo” a la madre.
Para estas actividades, era muy importante la baquía de cada yunta (dos de a caballo), que trajinando iban y venían, retirando y/o volviendo al rodeo, animal por animal, según lo indicado. Los que quedarían en el campo o los que deberían “apartarse”, en cualquier caso, eran llevados “bien calzados y prestamente” hasta el señuelo...
¿Qué era el señuelo?
El paisano decía “siñuelo” (lo que sirve para atraer) a una ancestral costumbre, aunque no todos los que lidiaban con hacienda vacuna lo practicaban. ¿Qué era y para qué servía? Se trataba de un grupo de 20 a 25 “novillos” (vacunos machos, castrados), previamente amansados, muy acostumbrados a moverse juntos y, por sobre todo, seguir sin porfía al “madrino” ¿..? Si! igual que la yegua madrina, aunque este era macho y “no ejercía”. Era de pelaje diferente al resto del grupo y también portaba cencerro, grande como para bueyes, antiguamente llamado “tacho”.
El grupo se mantenía cercano al rodeo y hasta allí se acarreaba a los “ariscos”, que al ser mezclados con los mansos, pronto se sosegaban. Este ardid, digamos, originario de la Madre Patria, se utilizaba, especialmente, en tauromaquia. En caso de que hubiese que retirar un “Miura” (raza de toros de lidia), convertido en fiera indomable, se soltaba al ruedo el grupo señuelo, que en un par de vueltas, sumaba “al desacatado”... “y lo sacaban balando y al galopito, mansito como un cordero y haciendo flamear -el par-”.
Este método del señuelo, permitía trabajar algo más tranquilo, aunque los “atajadores” debían estar siempre atentos y vigilantes.
El “madrino” podía o no permanecer junto al grueso de la tropa vacuna con sus subordinados ayudantes; en habiendo calma se “mudaba” caballo, aprovechando la proximidad de las tropillas, sin que obstaculizaran la faena, había quién “volteaba el recau” (lo quitaba), y seguía montando con un cuero y un cinchón, para aliviar al caballo.
Como usted imaginará, amigo, todo esto se realizaba “a campo abierto”, dado que por entonces no existían alambrados, corrales, mangas y/o bretes, es decir todo con lo que felizmente se cuenta en la actualidad. Dije antes -y repito ahora- que trabajar en aquellas condiciones no era “pa’ cualesquier maturrango” (hombre de floja equitación), no. Correr en esos campos en “tuita la furia”, sacando un “aspudo” a “puro pechazo” sólo se obtenía si hombre y montado lograban ser una sola cosa, el que manda y el que obedece, y además contar con que el compañero y lo que éste ensilla, iguale o supere “al aparcero”.
La yunta a la que le tocaba ejecutar, siempre estaba siendo observada por el resto, de manera que podríamos decir: “Chambones... renunciar”, pero volvamos al rodeo.
Los que en la orilla reservaban, por si acaso, “el señuelo”, debían estar de ojos abiertos y atentos, viendo cómo trabajaba la yunta que “apartaba”, “teniendo bien levantados en las riendas y de orejas paradas sus pingos”, es decir atentos, por si algún vacuno que no debía, se “pegaba” al escogido, y a éste “hacerle calle” hacia el lugar correcto. Conceptualmente, opino que lo que abunda, no daña... a lo que suelo agregar siendo criterioso, si vuelvo a rescatar las bondades que componían la faena de rodear la hacienda vacuna, digo: era esencialmente indispensable en sus fines, pero paralelamente era, por sobre todo, una pugna cabal de habilidad, coraje, fuerza, destreza hípica y más que una tarea rutinaria.
Podríamos decir que aquello era un festival, pues además de la total entrega de aquellos pingos colosales, los hombres mostraban finos alardes de maestría y hasta se hacían tiempo para “chacotear” (broma o burla afectuosa), sobre algún “yerro” (acción errada), de éste o aquel paisano, como alguna rodada aparatosa de caballo y vacuno incluido, que por lo común terminaba en una elegante “parada, con el cabresto en la mano” por parte del jinete.
Lo que sí cambiaba el humor a todos, patrones y peones, era si al revolcón se le sumaba una fractura o alguna consecuencia mayor, o el estropeado era uno de esos “fletes” soberanos, que sin otra salida había de ser sacrificado. Pero qué!... si al grito de ¡vamos!... cualquier pingo, de cualquier tropilla, en una atropellada le metía un pechazo al toro más “empacau”, dándole “una revolcada de aquellas”... Bien sujetos de las riendas y afirmados de patas y manos, eran capaces de atropellar a un tren si los exigían... si hubiese habido trenes por entonces.
Desde ya que el “tropillero” tenía claro cómo ser riguroso y cómo preservar sus caballos, pues si las condiciones del tiempo y el piso donde “se apartaba” eran buenos, un mensual de a caballo, con un par de los más aguantadores “chuzos” (caballo sobresaliente) de su tropilla, podía trajinar desde el alba, hasta la mitad del día sin cansarlos, es decir que el paisano criterioso, terminaba el día “sobrándole caballo”... Valga la ponderación y verdad rigurosa, pues siempre mostraban resto, como quien dice, y eso se advertía cuando terminaban de sacar un animal y se les “aflojaba”. Volvían entonces al tranco manso “resollando y estornudando presumidos” jugando con las riendas y esperando que el jinete los invitara nuevamente -con el cuerpo y la voz- a otra corrida o quedando para el final, tanto para el hombre como sus montados, la pesada y comprometida tarea nocturna de “rondar” la tropa apartada, que todavía había que arrear hacia la estancia, a la mañana siguiente con el primer albor.
Güén, por hoy... haj’taquí yegamoj, tomesé el d’el estribo... conoce el cuento, no? tal vez en otra se lo narro... endemientraj le digo:
Hasta la vista... paisanos.

Raúl Alfredo Galarza

Fuentes consultadas:
Equitación Gaucha -
Justo P. Sáenz (h.) (1951).
Vocabulario Criollo - Tito Saubidet (1943).
Trabajando de a caballo - Roberto C. Dowdall (1977).
Pelajes Criollos - Emilio Solanet (1946).
Ilustración: Eleodoro E. Marenco (1970).

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