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  La biotecnología puede servir para paliar el hambre en el mundo
    Fecha:16/04/12


 


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La adopción de cultivos genéticamente modificados en la producción agrícola, es un tema controvertido que enfrenta posiciones opuestas. Existe un fuerte debate acerca de los riesgos que los productos fitosanitarios y las plantas genéticamente modificadas podrían ocasionar a las personas y al ambiente. Sin embargo no existen, hasta el momento, estudios que muestren efectos adversos de algún producto o tecnología utilizada que implique un riesgo para las personas o el ambiente como para limitar su uso.
Mientras tanto, la adopción de esa tecnología crece con tasas sin precedentes en el mundo y también en la Argentina. Si se pudiera reflejar la actualidad en una fotografía, se podría ver en ella que durante 2011 se cultivaron 160 millones de hectáreas con cultivos GM, 12 millones más que en 2010, de la mano de 16,7 millones de agricultores distribuidos en 29 países.
Ese desarrollo de los cultivos GM tiene su correlato en nuestro país. La Argentina continúa siendo uno de los principales productores de cultivos transgénicos -luego de los EE.UU. y Brasil- con 23,7 millones de hectáreas en 2011, lo que representa el 14,8% del área global cultivada con transgénicos y un aumento del 3,5% con respecto al año anterior.
Según Clive James, director y fundador del Servicio Internacional para la Adquisición de Aplicaciones Agrobiotecnológicas (Isaaa), ese crecimiento es “el testimonio del abrumador nivel de confianza y seguridad que tienen millones de agricultores de todo el mundo en los cultivos transgénicos”.
Sobre aquella fotografía, podríamos ahora superponer otra. Esta nueva imagen mostraría una población mundial en geométrico crecimiento, población que -según la FAO- en 2050 alcanzará los 9.000 millones de personas, las que deberán ser alimentadas y para lograr eso, la producción agrícola mundial necesitará crecer un 70 por ciento, un reto en el que los cultivos transgénicos pasan a jugar un papel importante.
Además, según argumentan las compañías transnacionales que han desarrollado estas tecnologías, no sólo se trata de alimentos, ya que además de permitir el incremento de la producción y la disminución de los costos de producción, posibilita a la vez reducir el uso de insecticidas y las emisiones de dióxido de carbono, lo que se traduce en un valioso aporte a la sustentabilidad ambiental.
Lo cierto es que el desarrollo tecnológico no se detiene y cada vez con mayor frecuencia surgen nuevos eventos, producto de años de investigación y desarrollo por parte de las más importantes compañías, adelantos que son puestos rápidamente a disposición de los productores,
El mes pasado, precisamente, el Ministerio de Agricultura de nuestro país aprobó el llamado “cuádruple apilado de maíz”, desarrollado por la empresa Syngenta, que permite incrementar la productividad del cultivo a partir de un control superior de insectos que afectan a los granos y a la raíz de la planta.
En el acto de presentación, el secretario de esa cartera gubernamental, Lorenzo Basso, afirmó que la biotecnología es una de las respuestas para el hambre en el mundo, y que hay que desmitificar la imagen negativa que muchos países tienen sobre los cultivos transgénicos. Y fue interesante, además, oír de boca del funcionario que la Argentina aprobará próximamente nuevos eventos de soja de maíz y que, al igual que Brasil, se trabaja en el país para desarrollar caña de azúcar genéticamente modificada para la producción de bioetanol.
Como se ve, las perspectivas –a partir del aporte de la biotecnología- son promisorias y seguramente es mucho lo que habrá de venir, en un escenario donde el país ocupa un lugar de privilegio.
Como dijera hace unos diez años en su visita a Pergamino el ex Premio Nobel de la Paz, Norman Borlaug, “la biotecnología está en pañales y no terminaremos de asombrarnos con lo que veremos en el futuro”. Su profecía se viene cumpliendo acertadamente.



 
   
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