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Breve historia del caballo - (O mi pasión por una de las criaturas más bellas de la creación) 15ª Nota
Caballos que virtualmente vuelan, como el mitológico y alado Pegaso
Página sin nombre

Buenas y con licencia aparceros:
Aunque intuyo q’ya se lo he dicho, me agrada y me predispone esta espera q’nos impone un encuentro con el siguiente, pues no solamente me permite con tiempo d’ir preparando la matiada, y q’ueste resueyo m’ialcanza pa’pergeñar con solidez y detayadamente el nuevo tema.
Usté alvertirá, que de pingos, modestamente, algo he visto y conozco, pero créame q’destos estoy deseoso de verlos alguna vez, pues pa’mi es casi lo perfeto, amigo... ¿Me aceta el matecito y hablar d’estos “fletes” cuasi “voladores”? Tamo? dijo Mirigildo Leguizamo....
Los Lipizzanos
Los Lipizzanos, son originales de Lípica, pequeña aldea del noroeste de Yugoslavia, producto del cruzamiento de padrillos Andaluces puros, con yeguas nativas también muy puras. Su existencia data del Siglo XVI, siendo una raza arraigada en la región desde el año 1500 aproximadamente, siendo “silla” y “tiro de carruajes” de monarcas y emperadores, desde la Roma Imperial, a Napoleón, y la Reina Isabel II.
Estos nobles y briosos equinos irradian su aristocracia, docilidad y serena gallardía. Protegidos desde siglos en las caballerizas reales austro-húngaras, son hoy fascinación de millones de espectadores, orgullo de seleccionados jinetes y codiciado botín en todo tiempo.
Veamos: en 1797, Napoleón avanzaba sobre Lípica, lo que le obligó -entre otros aprestos- a resguardar unos 250 caballos en Hungría. Más acá en el tiempo, en 1943, Alemania reduce a Lípica a escombros, lográndose salvar entonces sólo 11 ejemplares de esa raza, de la mano de un gran presidente, el yugoslavo Mariscal “Tito” (Joseph Brozz).
En 1945 y por ferrocarril, fue enviado desde la sitiada Viena a Saint Martin, un convoy cargado de Lipizzanos puros, para evitar que fueran tomados por los alemanes; avisado del hecho el general George Patton, atacó Hostau, venció a los germanos, tomó los caballos y los trasladó ahora a Austria, bajo la protección del Ejército de los EE.UU.
Se dice que el gesto de Patton surgió de su amor por los caballos, ya que no sólo fue oficial del arma de Caballería, sino destacado jinete olímpico.
De hecho desde 1758 los Lipizzanos son la silla oficial de la archifamosa Escuela Española de Equitación de Viena. Son bellos, inteligentes, orgullosos y dóciles; su pelaje es en general blanco (palomo), aunque al nacer es tostado; los hay también bayos (claros). Tienen una alzada de entre 1,50 / l,60.
Cumplidos los cuatro años y luego de domado, se toma al “candidato” iniciándolo en un entrenamiento sin rigor, con mucha musicalidad y total concentración, pudiendo actuar en esa Escuela entre 8/10 años, aunque hubo “estrellas” de hasta 27 años en la escuadra. Es lo más parecido al Andaluz, también tiene sangre de Kladrubers (checoslovacos), y de antiguos Napolitanos (Ítalo-Árabes-Berberisco-Andaluz).
Confieso que me haría muy feliz, poder presenciar la actuación de estos prodigiosos equinos y conocer sobre su especial entorno.
Nacidos para silla de emperadores y reyes. Hoy, estrellas ecuestres
Lo invito, amigo lector, a un placentero ejercicio mental: Imagine un picadero (lugar de adiestramiento de las cabalgaduras) monumental, como sostenido por barrocas columnatas y alumbrado por enormes y sobrios candelabros, envuelto todo el aposento por la más antigua y maravillosa música clásica europea, que puede ser Bach, Mozart o Beethoven. Un público expectante que cubre totalmente las instalaciones y de pronto, como expertos y etéreos bailarines, surge una yunta, dos, tres y más maravillosos y principescos Lipizzanos que evolucionan, bailan y ejecutan cabriolas y pasos de ballet, como si fuesen angelicales criaturas aladas.
Claro, usted como yo, se ha situado en la Escuela de Equitación Española de Viena, en la vieja Austria. De pronto, una mesa de madera que servía de apoyo para los elementos del espectáculo, desplazada violentamente, va a romperse contra la barrera de contención de la pista, caen algunos candelabros y el público entra en pánico... Así y todo la música prosigue. Jinetes y cabalgaduras continúan con su espectacular y asombrosa exhibición, impertérritos, inmutables, en un alarde de absoluta disciplina de conjunto.
¿Qué había pasado? Los hombres lo supieron al final del número: en el mismo momento en que actuaban, se producía en la capital austriaca el terremoto de abril de 1972. A pesar del fenómeno sus caballos no vacilaron, ni recelaron jamás, una prueba cabal de la elevada destreza y preparación de este grupo ecuestre. A estos bellísimos exponentes de la raza equina, los Lipizzanos, que exhiben su linaje de casi 500 años, se los considera también una de las razas más puras del mundo. Protegidos por muchas generaciones en los establos reales austro-húngaros, la raza se ha desarrollado desde las praderas alpinas, pasando por la sabana de África del Sur y el territorio australiano hasta los llanos del medio oeste norteamericano.
Están subordinados a un régimen espartano de vida, con total libertad, pero rigurosamente controlada desde su nacimiento. Potrillos y potrancas pastan y retozan durante casi todo el día “a campo”, al pie de las yeguas madres, que generalmente producen sus pariciones por la noche, solas, sin ayuda. Ya por la mañana y aún con los vientos del más crudo invierno, los recién nacidos potritos ensayan carreras y abalanzos, fortaleciéndose precozmente.
Reitero este detalle: el Lipizzano, que nace con pelaje tostado, al crecer muda su color al definitivo albo marfilino, marmóreo.
Sus movimientos son absolutamente armónicos, sutiles, graciosos. Acompasa con sus movimientos de ancas su poblada cola, enarbolándola tal como si una elegante dama, jugase con su abanico. Bien “pisado” (afirmado) en sus poderosos remos traseros efectúa saltos cabriolas con sus manos bien recogidas; es parte de un ancestral ejercicio de cuando fue “caballo de guerra”, cuando llegaba a elevarse de tal manera que aterrorizaba al adversario atacándolo con los cascos, protegiendo a su jinete con su pecho voluminoso y ante el desconcierto, ponía enorme y rápida distancia del caballero enemigo.
En fin, son tan obedientes y tan altamente adiestrados, que se llega a comentar, entre los aficionados a la equitación de “alta escuela”, que las lecciones a los iniciados las dan los propios caballos. Son animales de pura raza, es decir que su prosapia está soportada por no menos de siete generaciones; de hecho tienen un costo altísimo en el limitado mercado internacional. Los candidatos que por sus condiciones naturales son destinados a la cuadrilla de exhibición, se consideran intransferibles y si uno de estos ejemplares muriese, la documentación que avala su estirpe se destruye a la vista de un comité especial.
El entrenamiento de estos afamados equinos es realizado con puntualidad castrense y con “silencio de radio” en la pista. Los únicos sonidos que se perciben son los “aires de marcha” del caballo, su piafar, el crujido de la montura y a veces, sólo a veces, alguna orden humana.
Preparar un caballo es tarea de cuanto menos seis años; el jinete más veterano de la escuadra doma los caballos nuevos, mientras que los cuadrúpedos “veteranos”, enseñan a los jinetes “novicios”. Tratamiento, enseñanza y vida de monarca, para un rey de la especie caballar.
No me v’adecir Usté, q’es tan querendón de los “pingos”, como yo, que todo esto no lo ha hecho olvidar que n’iagua caliente en “la tonta” (pava), ni yerba en “la gaveta” (yerbera), noj’a quedáu. Compongo y lo espero en la que viene, tá?. tá!... dijo Zenón Alcará. Hasta la vista... paisanos.
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