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» REPORTAJE DESTACADO


Conservación del suelo: se le deben dar señales claras a los productores

Desde el 1o de diciembre de 2009, Miguel Ángel Taboada –investigador del Conicet y docente con dedicación parcial en la Fauba- es director del Instituto de Suelos del INTA.

Página sin nombre

El día 7 de Julio se celebró en la Argentina, como ocurre cada año, el “Día de la Conservación del Suelo”. Vale recordar que la fecha fue establecida en 1963 por decreto 1574 del entonces presidente Arturo Illia, en memoria del doctor Hugh Hammond Bennet (15 abril 1881-7 julio 1960).
Bennet fue un pionero en el campo de la conservación de los suelos en los Estados Unidos de América, que trabajó constantemente en busca de la preservación de la integridad del recurso natural suelo, cuya importancia es vital para la producción agropecuaria.
“La tierra productiva es nuestra base, porque cada cosa que nosotros hacemos y aún casi todo lo que nos convierte en una gran nación, comienza y se mantiene con la sostenida productividad de nuestras tierras agrícolas” decía entonces el incansable investigador. Y la frase sigue teniendo plena vigencia.

Los grandes desafíos
No se dirá nada nuevo al lector, recordando que desde el arado de reja y vertedera hasta la labranza conservacionista, investigadores y productores buscaron siempre, a través de las décadas, la manera de preservar el recurso más valioso que posee nuestro país: el suelo.
Tampoco es una novedad que el ciclo de preponderancia de la agricultura iniciado en nuestro país a principios de la década de 1970, provocó un aumento de la erosión de los suelos y que la posterior transformación de la agricultura durante la década del ‘90, en especial la difusión de la siembra directa, mejoraron paulatinamente la calidad de los suelos pampeanos, principalmente debido a la drástica disminución de la erosión, pero también porque se detuvieron las pérdidas de carbono del suelo y mejoraron su estructura.
Sin embargo –y así lo asegura un informe del Grupo Suelos y Fertilidad de la EEA Pergamino del INTA- la creciente tendencia al monocultivo de soja de los últimos años causó nuevamente un empobrecimiento del suelo. “De un sistema agrícola sustentable se espera que sea capaz de mantener en el largo plazo los niveles de producción, la calidad del medio ambiente y los recursos naturales, los niveles de rentabilidad y un adecuado desarrollo económico y social de los productores”, dice ese informe.
Y ese parece ser el nudo gordiano de esta cuestión: cómo hacer para compatibilizar la rentabilidad de las explotaciones, manteniendo el recurso suelo. “Rentabilidad versus sustentabilidad.” Un inocente enunciado que en la práctica se convierte en un gran desafío aún sin resolver.
Siembra directa no es lo mismo que sembrar directamente
La oportunidad resultó propicia para que Nuevo ABC Rural entrevistara al ingeniero agrónomo Miguel Ángel Taboada, quien desde el 1ºde diciembre de 2009, es el director del Instituto de Suelos del INTA.
- A mediados del siglo pasado Hugh Bennet decía que “los norteamericanos, como pueblo, jamás aprendieron a amar la tierra y a considerarla como fuente perdurable de recursos. La han visto únicamente como campo de explotación y un medio de rendimiento financiero inmediato”. ¿Sesenta o setenta años después, es eso aplicable a los argentinos?
- En nuestro país la situación es esa, pero no me agradan las generalizaciones porque pagan justos por pecadores. Hay que reconocer que en gran parte del siglo XX, muchos productores argentinos han llevado a cabo rotaciones muy cuidadosas de la tierra, con un sentido bastante conservativo, tal vez no tanto en cuanto a nutrientes pero sí, al menos, en lo que se refiere a la conservación del carbono del suelo.
Debemos recordar que la superficie destinada a pasturas típicas, muy frecuentes en las estancias argentinas durante gran parte del siglo XX, era casi una rareza en el mundo, propia de encontrar en Nueva Zelanda, Uruguay y no mucho más que eso.
Es verdad que esta situación cambió drásticamente desde fines del siglo XX, básicamente por razones económicas. De todos modos, desde mediados de la década del ‘90 la fuerte difusión de los sistemas bajo siembra directa nos llevó a un escenario bastante mejor con respecto al carbono del suelo. Igualmente, seguimos teniendo zonas con grave riesgo de erosión, donde ya los problemas han ocurrido.
La realidad es que estamos en presencia de un problema mundial –el de la degradación de tierras- y la situación de nuestro país forma parte de ese marco general, pero ni por asomo es la situación más grave del mundo donde hoy por hoy, los mayores problemas de degradación claramente están en las regiones subtropicales y tropicales.
- ¿Qué superficie se cultiva bajo siembra directa en la Argentina?
- La última información oficial del Censo 2002 indicaba unos 12 M de hectáreas y con datos más actuales, Aapresid habla de unas 18 M de hectáreas, es decir más del 50% de la superficie sembrada a nivel nacional que ronda los 32 a 33 millones de hectáreas.
Lo que sí habría que distinguir es cuánto de esa superficie se destina a siembra directa en forma continua, porque los productores que lo hacen desde hace cinco, diez o veinte años, son la minoría. Gran parte de esos productores –por diversas razones- a menudo lo que hacen es una combinación de soja en siembra directa, con algún cultivo invernal hecho generalmente con una disqueada superficial. A menudo se hacen intervenciones en el sistema o bien para emparejar los suelos, para hacer una remoción o una labranza profunda si se observa compactación. Realmente no hay una noción exacta de cuánto de esa superficie es siembra directa permanente.
- ¿Cómo se compatibiliza la siembra directa con el monocultivo de soja?
No debemos confundir eso. Son cosas diferentes. La gente de Aapresid lo dice muy bien: no es lo mismo hacer siembra directa que sembrar directamente.
Lo que sucede es que de las casi 100 M de toneladas de producción de granos de la última campaña, más de la mitad corresponde a soja y eso está indicando que en muchos lugares se practica el monocultivo. Y ahí sí tenemos un verdadero problema, porque uno de los supuestos para el éxito de la SD es lograr una buena cobertura del suelo con rastrojos, cosa que en la medida que prevalezca el cultivo de soja, no se logra.
El cambio más significativo que ha ocurrido es la transformación de la figura del productor, teniendo en cuenta que gran parte de la superficie cultivada está en realidad alquilada. Hoy en día prevalece la figura del contratista con un rol fundamental, básicamente por las posibilidades de trabajar en escala. Y teniendo en cuenta que la soja es una moneda de cambio, pasa a ser muy importante cómo se hacen los contratos en este caso.
Evidentemente, la soja es un cultivo mucho más rentable y más fácil de hacer, pero cuando se convierte en monocultivo no es conveniente para los suelos, fundamentalmente por el tipo de residuos que deja.
Pero además -y este es el tipo de mensaje importante para dejar- es malo cualquier tipo de monocultivo. Los monocultivos hacen que las plagas persistan en el sistema ya que no se cortan sus ciclos. No es que la soja sea algo perverso en sí mismo. Ya cuando se hacía monocultivo de maíz o de trigo, tampoco era bueno. Lo que pasa es que la soja deja un residuo de menor volumen que se degrada mucho más fácilmente. Ahora, en pleno invierno, recorriendo las rutas de la zona núcleo, uno se cansa de ver los campos “blancos”, totalmente llenos de rastrojos, sin nada de vida.

Los arrendamientos
- ¿Esas transformaciones requieren una modificación de las normas que regulan los arrendamientos?
- Es un tema muy delicado. A título personal –y no es que defienda una posición dirigista- estoy a favor de que se protejan los suelos sobre una base de rotaciones y la reposición de nutrientes. Claro que eso tiene que ver con los períodos por los cuales se arriendan los lotes.
Actualmente en la Argentina se está reponiendo muchos menos nutrientes de los que se extraen del suelo. En el caso del fósforo, por ejemplo, de los 6 a 7 kgs por hectárea que extrae un cultivo de soja, se repone como fertilizante no más de la mitad. El resto lo estamos sacando del suelo y de esa manera el suelo le está haciendo un préstamo a la sociedad.
(En este punto Taboada recuerda la frase del ingeniero Roberto Casas, su colega de tan larga trayectoria en el INTA, cuando dice que “en realidad, las tierras no subsidian al productor sino a la sociedad toda, ya que el beneficiado también es el Estado a través de las retenciones. En realidad el subsidio es a todos nosotros”).

El suelo cubierto todo el año
- El gran desafío es encontrar la manera de aprovechar los enormes beneficios de la siembra directa, pero manteniendo una producción sustentable. ¿Cómo se resuelve esto?
- Afortunadamente las cosas se conocen y se saben. La tecnología existe y no es nada sofisticada. Pero una cosa sí es clave: el suelo tiene que estar cubierto y fundamentalmente con vida todo el año.
Aclaro que eso es lo recomendable en la medida que haya agua disponible; donde no sea así, la rotación deberá diseñarse en función de cosechar agua. Pero en la zona núcleo, el objetivo debe ser convertir el agua en carbono y para eso la clave es pasar de rotaciones muy basadas en sojas de primera a sistemas más intensivos, donde comience a reaparecer el trigo, el maíz y los cultivos de cobertura.
Numerosos trabajos demuestran que los suelos se mantienen con mejor fertilidad física y mejor estabilidad, si dentro de esos cultivos de cobertura se incluyen especies que incorporen nitrógeno, como pueden ser las vicias, que hasta permiten producir algún ahorro en fertilizantes.
Por eso, por lo menos en la zona húmeda –insisto- donde no tenemos graves problemas de agua en general, la clave pasa por una intensificación de la agricultura. No se trata de producir menos, sino de producir más y más variado y en general promover que el productor tenga una mentalidad más empresarial.
- ¿Cómo es eso?
- Por ejemplo, en la campaña 2008/09 los costos de los fertilizantes fosforados se habían ido a las nubes y eran antieconómicos. Pero en la campaña precedente, o incluso en la actual, sus valores permiten pasar a un sistema de reposición y enriquecimiento de fósforo en el suelo porque al ser un elemento poco móvil, si ponemos demás en el suelo, se capitaliza para la campaña siguiente.
Por eso hay dos aspectos que considero claves para las zonas donde no existen problemas de agua: por un lado, generar una intensificación de la agricultura y, por otro, tener muy en claro el balance de nutrientes, aprovechando los años en que la ecuación económica es conveniente. Nadie está hablando de perder plata.
Ahora, si nos vamos hacia el oeste, donde las lluvias son más irregulares y los suelos tienen menor capacidad de almacenamiento de agua, la cuestión es otra. En esos casos el diseño de las rotaciones pasa por asegurar el tema del agua.
- Todo está muy bien. Pero ¿cómo convencer al productor sojero?
- Es cierto, el cultivo que es rentable acá es la soja, si bien el maíz anduvo bien últimamente. Pero estoy seguro que estableciendo rotaciones a lo largo de cuatro años, donde se incluyan esos otros cultivos con un concepto de sustentabilidad más que de sacar una renta al suelo -si es que realmente pensamos dejar el suelo para las próximas generaciones- la solución es la inclusión de una canasta de cultivos.

Reposición de nutrientes
Al referirse a la deficiencia de nutrientes en el suelo, Taboada menciona al fósforo, pero ¿qué ocurre con los otros elementos? El profesional dijo que preocupan los déficits de azufre en algunas zonas. En cuanto al potasio, su impresión es que los suelos de la zona núcleo, del tipo limosos, de texturas medias a finas, con 25 a 30 por ciento de arcilla, en general están bien provistos de potasio y todavía no se verifica un elemento deficiente.
“Donde sí vemos problemas es cuando nos vamos hacia el oeste, particularmente en planteos altamente extractivos de potasio como son los tambos en la zona de Trenque Lauquen y la pampa arenosa. Los tambos de alta producción son muy extractivos de nutrientes”, señaló.
“Y esto –agregó-se está viendo más que como un problema de potasio, como un problema de acidificación de suelos. Son suelos arenosos, con poco poder regulador, de modo que cada camión de leche que se va o cada rollo de alfalfa que se extrae, está sacando potasio y otros nutrientes y en esos lugares hay poca o nula reposición.
“De tal modo uno se encuentra con suelos que hace 20 ó 30 años tenían un pH de 6,2 a 6,5 y hoy ya tienen apenas algo más de 5; esos suelos con una acidez incipiente, ya están requiriendo encalado. No es algo generalizado, aclaro, pero se empieza a percibir ese inconveniente”.

Evitar que siga disminuyendo el nivel de carbono
- Usted manifestaba antes su preocupación por la conservación del carbono en el suelo. ¿Cuál es la situación? ¿Es posible recuperar los niveles anteriores?
- Mire, a título de ejemplo. En la zona de Pergamino, un suelo en situación prístina pudo haber llegado a tener un nivel de 7 a 8 por ciento de materia orgánica; de eso, la mitad es carbono. Hoy en día esos niveles no se encuentran. Un suelo franco limoso serie Pergamino bajo agricultura, bien trabajado, puede tener a lo sumo 4% de materia orgánica, y si está muy chacareado, encostrado, compactado, con muy serios problemas de fertilidad física, puede caer al 2 ó 2,5%. Esta última situación se ve más en el sur de Santa Fe, donde el sistema de explotación de los campos tiene una historia muy larga de colonias, de chacareros y lotes más chicos.
Pretender que aún con siembra directa se retomen los niveles de carbono de 40 ó 50 años atrás, es imposible. Hay infinidad de trabajos, entre cuyos autores me incluyo, que muestran que reconstruir el carbono a esos niveles no es factible bajo un sistema agrícola. Lo que sí es posible es mantener esos niveles e impedir que sigan cayendo e, intensificando las rotaciones, generar un carbono más bien joven que mantenga una buena calidad estructural de los suelos, que los haga resistentes a la degradación.
Para eso tenemos que pensar en volver a sistemas de pastizales y fertilizarlos, algo muy alejado de lo que está pasando hoy día.
- ¿Cómo hacer para lograr un cambio de conciencia, de hábitos, de modelos productivos?
- Al respecto hay criterios diferentes. En mi opinión personal debe haber un rol importante del Estado regulando de alguna forma el uso de los suelos. Soy consciente que hay gente que no opina así, por eso digo que se trata de un tema delicado, pero desde mi punto de vista el suelo es un bien de la sociedad y debe ser protegido regulando su uso mediante rotaciones y reposición de nutrientes. Tengamos en cuenta que es un bien que debe pasar de generación en generación, y si no se comprende así, estaremos matando nuestra gallina de los huevos de oro.
Ahora bien, el productor argentino es muy inteligente. Cuando tuvo señales claras adoptó tecnología y la adoptó bien, de modo que en la medida que la soja deje de ser la única alternativa, y sepa que con otros cultivos también tendrá mercados, irá adoptando rápidamente nuevas conductas por convencimiento. Es su característica: cuando ve las ventajas, las toma y a veces hasta va por delante de lo que muestran el INTA y las universidades. Por eso creo que no se debe menospreciar su capacidad intelectual.
Lo que sí debe hacerse es darle señales claras, y hoy por hoy, lamentablemente, la señal es que la rentabilidad se obtiene con un solo cultivo. Eso es, en principio, lo que debe modificarse. Y en segundo lugar, proteger aquellos suelos más frágiles, con fuerte riesgo de erosionarse, de perderse. Ahí es donde el Estado debería actuar fuertemente.



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