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Rememorando la juntada de maíz

Se describió en la nota anterior de qué manera, en las primeras décadas del siglo pasado, los grupos familiares se disponían a la tarea de recolección de maíz. Algunas estampas más de tan esforzada labor.

Página sin nombre

Cuando el juntador era contratado, el colono le asignaba un lugar para que viviera, que podía ser el galpón de la chacra, o le facilitaba dos o tres chapas para que se construyera una vivienda precaria, que ellos denominaban carpa. Con cañas y chalas levantaban las paredes y el piso, de tierra, era cavado unos cincuenta centímetros. Con bolsas rastrojeras y también chalas hacían sus camas. La cocina era un fogón en el patio, donde se ubicaban los enseres y se tendía la ropa.
Su indumentaria debía consistir en lo posible de prendas muy resistentes, como géneros muy fuertes, pantalones hechos con un tipo de loneta; blusas y gorra o sombrero de género, calzando en lo posible zapatillas de lona en días buenos y secos, o los famosos botines “Patria” para los días de humedad, muy difundidos en esa época. A quienes sus condiciones económicas no les permitían disponer de esta indumentaria, es de suponer que en la mayoría de los casos, usaban lo que tenían en disponibilidad, es decir, lo más viejo.

A trabajar
Hecho el traslado y ya instalados en la chacra donde habían de desarrollar su trabajo, en la madrugada del día siguiente, los juntadores debían cargar sobre sus hombros las bolsas que pensaban llenar en el día que, dependiendo de su velocidad en “deschalar”, podían ser de diez, veinte o más; además debían llevar la maleta y algún envase con agua.
Algunos trabajadores tenían su propia maleta y era su capital de trabajo, por lo que debían prodigarle ciertos cuidados, como ser engrasar el cuero de un año para otro, para que no se resecara. Llegado el momento de iniciar la labor, si el juntador era un hombre solo, marcaba su “lucha”, es decir la cantidad de surcos donde debía juntar hasta terminarlos al final del lote, que comúnmente era de 24 surcos. (Si se trataba de grupos familiares esas “luchas” podían ser de 48 surcos o más).
Esta paridad en la cantidad de surcos se debía a que el juntador debía ubicarse a horcajadas sobre la maleta que arrastraba a la cincha entre dos surcos, de los cuales, a diestra y siniestra, iba arrancando las espigas al deschalarlas.
(Antes que apareciera la maleta, los obreros llevaban colgado del cuello una especie de amplio bolso confeccionado con arpillera o lona, llamado “buche”, con amplia boca para recibir las espigas deschaladas, un método obviamente incómodo que la maleta vino a reemplazar).

Con las manos heridas
A todas aquellas vicisitudes, hombres y mujeres, debían agregar el dolor que debían soportar a causa de las heridas que en ambas manos les producía el permanente manipuleo de las espigas al quitarle su áspera chala. Heridas que se abrían profundas entre el dedo pulgar e índice de la mano izquierda donde se le quebraba el tronco a la espiga, y otras en el dedo índice de la mano derecha.
No se conocía el guante de trabajo por entonces y para curar las heridas, recurrían a los más inverosímiles remedios caseros.

Bandera para el almuerzo
La hora más ansiosamente esperada era la del almuerzo. Como en aquellos tiempos muy pocos trabajadores contaban con un reloj de bolsillo para llevar al trabajo al mediodía todos dependían de la señal que les harían de la chacra con una “bandera”, una simple bolsa vacía atada a un palo, que se sujetaba en lo alto del palo del aparato de entrojar el maíz.
Era muy común un puchero o un guiso y a veces algunos bifes, comidas sencillas pero un apetito feroz tras una agotadora jornada entre las chalas.
Claro que ir a la casa o el rasncho donde le servirìan la comida, obligaba a los juntadores a desandar el largo trayecto recorrido por la mañana. Muchas familias, para evitar ese recorrido cansador, optaban por llevarse el almuerzo al rastrojo que, obviamente, había preparado la noche anterior la mujer del grupo. (Ver recuadro)
* * *
Reflejos, en definitiva, de un trabajo, que dio sustento a miles de familias, y que en la década de 1950 comenzó a desaparecer con los adelantos tecnológicos que fueron ganando terreno en las rutinas productivas.


Fuentes consultadas:
Remembranzas del campo y la ciudad (Sabino Atilio Floridi. Enero 1994)
http://carmenenelrecuerdo.blogspot.com.ar/2012_03_01_archive.html
La antigua y dura tarea de cosechar maíz a mano (Tercer Premio en el Concurso Rincón Gaucho en la Escuela, nivel Polimodal, diario La Nación, año 2006).
La juntada de maíz (Tadeo Buratovich - Asociaciòn Museos de la Provincia de Santa Fe).



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